por Alejandro Ramón Arias
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2 de abril de 2025
Durante décadas, las emociones han sido tratadas como algo ajeno —e incluso indeseable— dentro del entorno laboral. Expresiones como “no traigas tus problemas al trabajo” o “hay que dejar lo emocional fuera de la empresa” han contribuido a construir culturas donde la vulnerabilidad se percibe como debilidad. Sin embargo, los tiempos están cambiando. Hoy sabemos que las emociones son parte integral del comportamiento humano, y cuando se reprimen o se ignoran, se convierten en un factor de riesgo tanto para el bienestar personal como para la seguridad organizacional. La seguridad comienza con la conciencia En Coaching para el Desempeño, John Whitmore sostiene que uno de los pilares del desarrollo es la conciencia. Sin conciencia de lo que sentimos, hacemos y provocamos en los demás, difícilmente podremos cambiar conductas o alcanzar metas de forma sostenible. La conciencia emocional —es decir, identificar, nombrar y regular lo que sentimos— es un primer paso esencial para generar entornos de trabajo más seguros, humanos y productivos. En contextos donde se realizan tareas de alto riesgo, la inteligencia emocional se vuelve una habilidad crítica, no un lujo. El trabajador que reconoce su ansiedad antes de iniciar una tarea peligrosa tiene mayor probabilidad de detenerse, pedir apoyo o corregir el rumbo. Por el contrario, quien ha aprendido a "aguantarse" podría exponerse innecesariamente, movido por la presión, el miedo o la necesidad de demostrar algo. De culturas del miedo a culturas de confianza El enfoque tradicional basado en el control, la supervisión y la corrección ha creado entornos laborales donde muchas personas operan desde el miedo: miedo al error, a la sanción, al juicio o al ridículo. Este paradigma no solo limita la creatividad, sino que también inhibe la comunicación y la toma de decisiones seguras. Whitmore plantea que el desempeño florece cuando se pasa del control a la responsabilidad y de la obediencia al compromiso. Esto implica líderes capaces de generar confianza, de escuchar activamente, de acompañar procesos de desarrollo humano más allá del resultado inmediato. La inteligencia emocional no es solamente reconocer nuestras emociones, sino también saber responder a ellas y construir relaciones con los demás desde la empatía, la comprensión y la colaboración. En lugar de juzgar o ridiculizar a quien muestra emociones, se abre la posibilidad de conversar, de acompañar y de fortalecer los lazos que sostienen la seguridad real. El desempeño como un proceso integral En muchas organizaciones se habla de desempeño en términos de métricas, eficiencia y resultados. Pero el enfoque del coaching para el desempeño invita a mirar el todo: la persona, su entorno, sus emociones y su motivación interna. Una cultura enfocada únicamente en resultados puede pasar por alto señales de agotamiento, desmotivación o desconexión emocional que, tarde o temprano, se traducen en fallos de seguridad, rotación de personal o climas tóxicos. En cambio, una cultura que ve a la persona de forma integral promueve el desarrollo de habilidades emocionales como la autorregulación, la empatía y la comunicación efectiva, generando equipos más fuertes, resilientes y responsables. Conclusión La inteligencia emocional no es un accesorio. Es una herramienta esencial para construir culturas de alto desempeño en seguridad. Integrar las emociones en la conversación organizacional, más que debilitarnos, nos hace humanos, conscientes y más seguros. En Join Moment creemos que la transformación cultural comienza en lo más cotidiano: en cómo escuchamos, cómo respondemos y cómo nos relacionamos. Porque al final, el verdadero desempeño no nace del control, sino del compromiso.